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ITZEL DÍAZ: APAGARON TUS OJOS, PERO EN NUESTROS CORAZONES SIGUES VIVIENDO

09:18 a.m. horas

Por Angélica Valencia González/colaboración

Hay muertes que duelen toda la vida, porque nos obligan a mirar de frente lo que como sociedad preferimos esquivar. La de Itzel Díaz, de 23 años, es una de ellas. No fue un “accidente” más ni una cifra destinada a perderse en un reporte oficial. Fue una vida arrebatada. Fue un hogar que se quedó en silencio.

Itzel salió un martes 7 de octubre de 2025 con ilusiones, con esperanza, con la confianza puesta en alguien a quien consideraba su amigo: Ignacio “N”. Salió a comer, a compartir un momento sencillo, como lo hacemos todos cuando creemos estar a salvo.

Antes de salir, hizo lo que muchas mujeres hoy se ven obligadas a hacer: enviar el nombre y número de la persona con la que estaría. Una medida preventiva que refleja la realidad que vivimos. Nadie debería despedirse así. Nadie debería anticipar el miedo.

Las horas pasaron. No respondió mensajes. No compartió ubicación. La preocupación se convirtió en angustia para su madre, Tulia González, quien comenzó a buscarla con el corazón acelerado y la intuición latiendo fuerte. Al contactar al acompañante, las contradicciones comenzaron.

Dos días después, el peor temor se confirmó. Itzel fue encontrada sin vida dentro de una cisterna, en un domicilio del municipio de Tepetlixpa, lugar donde vivía Ignacio.

En ese instante, el mundo se detuvo para su madre, para su hermano, para toda su familia. No hay palabras que expliquen lo que significa reconocer el cuerpo de una hija. No hay consuelo posible cuando la noticia destruye todo.

Durante el velorio y el entierro, miles de ciudadanos acompañaron a la familia. No solo llevaron flores. Llevaron indignación. Llevaron solidaridad. Llevaron una sola exigencia: justicia.

Pero después del último adiós, llega el silencio. El regreso a casa sin su risa dulce. Sin sus bailes con sus sobrinas. Sin su voz. Ahí comienza otra batalla: la de aprender a respirar con el dolor.

Hoy, a cuatro meses de lo ocurrido, la herida sigue abierta. Tulia González lucha cada día por levantarse en un mundo que le recuerda a su hija en cada rincón. Porque cuando le arrebataron la vida a Itzel, también le arrancaron una parte a su familia.

Este no es solo el relato de una tragedia. Es el reflejo de una violencia que sigue presente. Es el llamado a no normalizar lo inaceptable. A no permitir que su nombre se diluya en el olvido.

Quienes conocimos a Itzel sabemos que apagaron sus ojos, pero no su luz. Vive en la memoria, en el amor de los suyos y en la voz colectiva que hoy no calla.

Hoy todos decimos, fuerte y claro:
JUSTICIA.

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