
Por Jesús Delgado Guerrero
Desde hace mucho se probó que las deudas de los gobiernos son uno de los principales motores para la riqueza fácil y la acumulación sin freno. Si los especuladores (mal llamados inversionistas) se sienten a sus anchas y sin correr ningún riesgo (total: “papá gobierno sabe lo que hace y siempre nos rescata”) con esto se le da un perfil todavía más terrorífico al asunto.
Según el canon libertino, promotor de lo que el filósofo Anselm Jappe denomina el “crédito a muerte”, supondríase un mundo más rico en cuanto más endeudado, pero es al revés: la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio e Inversión dio a conocer que en los últimos 30 años (el período duro del ogro salvaje del neoliberalismo) la deuda global creció 9.5 veces, al pasar de 21 billones de dólares en 1984 hasta 199 billones en 2014, “lo que genera un riesgo real de crisis financieras y un prolongado período de angustia económica y social”.
La fórmula “entre más deudas más miserables”, con el 1 por ciento concentrando la riqueza, sigue luego de siete años del Crac y su nube irracional, lo que no ha impedido que políticos y representantes del “espíritu animal” se animen en reuniones de “jefes de estado”, como el G-20 o foros tipo Davos, y posen para la posteridad, antes que asumirse como tales y hacer responsables a los irresponsables, frenando el “sin riesgo” de voluntades animosas, dicho en el más amplio sentido teológico, que es igual a hablar de “fundamentos económicos”.
Que muchas empresas de las economías emergentes (eufemismo de miseria) tengan deudas por 18 billones de dólares y que de éstos, 2 billones sean en monedas extranjeras, sólo le preocupa al citado organismo y a algunos despistados, no a los gobernantes ni a los deudores (“papá sabe lo que hace”)
La deuda externa de países de América Latina, según la citada Conferencia, pasó de 200 mil millones de dólares en la década de los años 80 a 1.5 billones de dólares en el 2013. La de nuestro país alcanzará el 50 por ciento este año, según el FMI, y el 55 por ciento cuando termine el sexenio de Enrique Peña Nieto (unos 9 billones 380 mil millones de pesos). En tres años se pasó de 37 a 47 por ciento, es decir, de 5 billones 352 mil pesos en el 2012 a 7 billones 853 mil millones de pesos.
Resulta ocioso preguntar por las grandes obras sexenales con todo ese dinero, a menos que se quiera justificar el gasto con la apertura de comedores populares, reparto a mansalva de despensas y televisores.
Lo comentaba recientemente con un amigo: frente a Porfirio Díaz, las décadas neoliberales no podrían presumir, por ejemplo, de ninguna red ferroviaria, la cual, en una paradoja, fue privatizada por uno de los más tenebroso representantes de ese dogma. Bueno, comparado con el Palacio de Bellas Artes, la Bicentenario Estela de Luz es sólo un monumento a la corrupción. Y se podría seguir…
