Por Jesús Delgado Guerrero
La crónica científica esbozó los síntomas a principios de siglo XXI, que van más allá de los llamados “workaholiks”:
La utopía de la realización personal, el aislamiento como vínculo social marcado por la competencia, el empobrecimiento sexual, el escepticismo como “sano realismo”, la idealización del cuerpo y el sueño de mantenerlo joven, hedonismo epidérmico; el consumo como centro vital (“tener” es más que “ser”, según el enunciado de Fromm); deseos aferrados a valores capitalistas (todo se vende y se compra, pérdida de valores éticos y aumento de conductas corruptas), además de una pasividad que busca comodidad, ligada, paradójicamente, a la compulsividad por hacer varias cosas simultáneamente, etc.
Esto difundió en el año 2000 el psicólogo y doctor en ciencias de la salud Enrique Guinsberg (“La Salud Mental en el Neoliberalismo”, Plaza y Valdés) al observar los efectos de ese capitalismo entre la sociedad.
Recientemente, el filósofo coreano Byung-Chul Han ha colocado al fenómeno, en excelentes opúsculos, como una epidemia capitalista, especie de peste neoliberal con sofisticados métodos de seducción, espeso “infartario” de lo urgente y supuestamente productivo.
“Toda época tiene sus enfermedades emblemáticas”, dice el pensador en “La Sociedad del Cansancio”, y extiende el certificado respectivo: la nuestra no es viral, sino neuronal, donde el ser humano “es verdugo y víctima al mismo tiempo” en aras del rendimiento (p. 30) y la libertad el medio para la explotación humana (“Psicopolítica”, Herder, p. 7) con la zanahoria de la “optimización personal”, de proyectos y de competencia (p.27).
Un “cansancio a solas” de almas infartadas debido a la estajanoviana búsqueda capitalista del rendimiento, en una sociedad donde ser revolucionario es apelar al derecho a la pereza propuesto por el yerno de Karl Marx, y donde hacerse el “idiota”, en términos filosóficos, según Chul Han, constituye el único reducto de resistencia y rebeldía ante la estupidez del consenso neoliberal porque significa estar desligado, desconectado, desinformado; es la figura del hereje moderno de la ortodoxia neoliberal que, valiente, elige, se desvía de ésta y se libera de la coacción (p.64)
Kant (Siglo XVIII) había deslizado un diagnóstico similar: vivimos un exceso de civilización, fuera de toda moral. Y Nietchzsche (Siglo XIX) formuló: “por falta de sosiego nuestra civilización desemboca en una nueva barbarie. En ninguna época se han cotizado más los activos, es decir, los desosegados”.
