
Como sea, previo a estampar su firma, me preguntó: “¿Para qué?”. No está tonta, me dijo que había escuchado que el incremento al salario iba a aumentar la inflación y que iba a perjudicar la economía. Luis Abraham, su hermano, quien más a fuerzas que con ganas anda levantando firmas en nombre y representación mía, formuló las mismas objeciones. Conste que “lo de más a fuerzas que con ganas” no es producto de las dudas que le genera la medida, la avala, lo que pasa es que está metido hasta el cuello en sus asuntos y así que Usted diga que es el epítome de la diligencia, pues no; salió a mí en eso de tenerle un amor al ocio y a la pereza que raya en la indolencia.
Yo les expliqué. Quien diga que el aumento al salario de los más desprotegidos es, per se, factor inflacionario, miente. Lo que causa inflación es la corrupción y los malos manejos. Basta un doloroso atisbo a la historia de México para constatarlo. México, a partir de 1970 había empezado a pedir prestado a un ritmo exorbitante; el Presidente Luis Echeverría había recibido al país con una deuda de 4 mil 263 millones de dólares y lo entregó con un adeudo de 25 mil 900 millones;1 es decir, un incremento 600% superior. A partir de entonces, cuando más próspero debió ser este país a partir de los hallazgos petroleros, es cuando más ha sufrido. El sistema que rige en el ámbito internacional, que ha generado montos exorbitantes de deuda de la nada, es la que equivale al 35% del PIB nacional mexicano2 y la que el país debe pagar religiosamente año tras año. Atinadamente, Krauze nos recuerda lo ocurrido durante el sexenio lopezportillista, uno de los que más fuertemente impactó en el futuro de la Nación: “‘La ira apenas contenida con la que López Portillo reveló las cifras de la fuga de capitales, no podía estar más justificada: 14 mil millones de dólares en cuentas al extranjero; 30 mil millones en propiedades inmuebles de los cuales 8.500 son por concepto de enganches. Si a esas sumas se adicionan 1 mil millones de mex-dólares se alcanzan las 2/3 parte de la deuda pública. […] Lo que México vivió en este sexenio no fue un saqueo: fue una deserción nacional”.3
Deserción de los más ricos, sí; entre ellos, los cientos de políticos priístas que en un sexenio amasaron fortunas multimillonarias a costa del Erario, con los dirigentes de PEMEX a la cabeza y se fueron del país a gozar de la buena vida. Ese ciclo crítico, iniciado a partir de 1970, desembocó en la crisis financiera de finales de 1994 y principios de 1995 y en el plan de salvamento proveniente del FMI y del gobierno estadounidense (50 mil millones de dólares) que rompió de tajo con el mito de la buena administración del Gobierno de Carlos Salinas de Gortari y el del “Nuevo Milagro Económico Mexicano” basado en el neoliberalismo.4 Por cierto, ese PEMEX, el de 1970 u 80, es el mismo PEMEX del actual Senador priísta, Carlos Romero Deschamps, líder sindical del mismo, quien en los últimos 16 años, ha recibido más de 2 mil 231 millones de pesos5 –y cuya hija se pasea alrededor del mundo como si fuera heredera de un jeque árabe-,6 cuyo salvamento le va a costar a los mexicanos miles de millones de pesos.7 A su vez, el sindicalismo charro que se alinea detrás del PRI para atacar esta medida del aumento al salario mínimo, es el mismo cuyo máximo líder en la cima de la CTM, Joaquín Gamboa Pascoe, ostenta un reloj de pulsera que cuesta, aproximadamente, un millón de pesos.8
Como se ha dicho: “A pesar de que el salario mínimo nominal en México incrementó de 1970 al 2010, los altos niveles inflacionarios registrados durante los periodos de crisis en las décadas de 1980 y 1990 dañaron el poder adquisitivo del mismo. Lo anterior puede verse en que en términos reales, éste ha perdido cerca del 66% de su poder de compra durante las últimas tres décadas”.8 Por otra parte, la gráfica que encabeza estos párrafos, da cuenta de que la estabilidad macroeconómica de los dos últimos sexenios, pese a la crisis internacional, es la única razón de que el salario no haya terminado por irse hasta el fondo.
Ya es tiempo de los más desprotegidos; María ya firmó, Luis Abraham ya firmó, yo ya firmé. ¿Y Usted? Firme. Solidarícese con los que menos tienen y con mi María, por cierto, quien no tarda nadita en conseguir trabajo, hasta matando víboras o cuidando del “Árbol de la Sabiduría”.
