Alex Sanciprián
¿Qué razones inducen a un público que en multitud quiere presenciar determinado espectáculo y por qué no asiste la gente a los conciertos de la OSEM?
Entrar a la Sala de Conciertos del Centro Cultural Mexiquense Bicentenario (CCMB) entraña una experiencia memorable, en especial para quienes lo hacen por vez primera.
Me refiero, particularmente, a las personas que se acerca a los eventos culturales y no necesariamente a ese singular público homogéneo que va al CCMB por una disposición oficial de acudir a cierto congreso o asamblea y/o presencia un concierto de la OSEM como parte de una tarea escolar.
El escaso público asiduo (que poco a poco va en aumento) asume la convicción de una especie de rito que se quiere similar a determinada costumbre religiosa y por un gusto en construcción que les ofrece una particular catarsis, como les ocurre, proporcionalmente, a las masas que asisten con regularidad a los estadios de fútbol.
Claro que los esnobs acuden, irremediablemente, por mera pose en ambos casos.
Es decir, ¿qué razones inducen a un público que en multitud quiere presenciar determinado espectáculo y por qué no asiste la gente a los conciertos de la Orquesta Sinfónica del Estrado de México (OSEM)?
Naturalmente, dichos tipos de público tienen algo en común: se reconocen, están conscientes de ser protagonistas de una acción vital que no solo les agrada, sino que les determina socialmente. No obstante, aquellas almas que asisten y ocupan una butaca en la Sala de Conciertos del CCMB por primera vez tienen también la oportunidad de convertirse en “otros”, dejarse llevar por la
música, asumirse como mejores personas, y notar que después de todo es un mito aquello de que la música clásica es “aburrida y sin chiste”.
Al respecto, vale la pena recordar lo que en su oportunidad ha señalado el escritor Mario Vargas Llosa en relación que “para muchos lectores, leer significa también, y acaso sobre todo, gozar, paladear aquella belleza que, al igual que los sonidos de una hermosa sinfonía, los colores de un cuadro insólito o las ideas de una aguda argumentación, despiden las palabras unidas a su soporte material”.
Por su parte, el periodista Pablo Espinosa refiere en un artículo publicado en la Revista de la Universidad Autónoma de México (julio-2012, núm 101) ¿“Por que asiste la gente a los conciertos?” lo siguiente: “Decir que no hubo difusión cuando no hay, en el criterio de no sé quién, “suficientes” personas en un concierto, es menospreciar, insultar la inteligencia del público, su capacidad económica, su disponibilidad de tiempo libre, sus dificultades de transporte o económicas, o simplemente, sus gustos.
“El Estado tiene la obligación de brindar servicios de salud, bienestar social y una educación gratuita y laica. Debe ofrecer cultura y garantizar su cultivo. Si presenta un programa musical con obras contemporáneas, o barrocas, o medievales, que no garantizan la asistencia “masiva” pero sí la educación, el avance del conocimiento musical entre el público, estará cumpliendo sus obligaciones, aunque haya diez personas como público, porque el arte avanza siempre a contracorriente…”.
De tal manera, es pertinente plantear ciertas interrogantes que en sus respuestas se encontrará tanto el sentido social de las políticas culturales de Estado, así como la naturaleza de un público creciente proclive a ir a los conciertos de la OSEM, específicamente, en el CCMB.
¿Cuánto cuesta económica y políticamente mantener y desarrollar el CCMB, y por añadidura una portentosa alineación musical como la OSEM?
¿Cómo será posible consolidar tanto el novedoso recinto cultural como a la prodigiosa orquesta?
¿Importa en algo que se presenten en informes oficiales resultados numéricos en discutible alza o algo así como una Sala de Conciertos “llena a reventar” o el puntual sello de calidad de los espectáculos que se ofrecen?

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